| El tesoro entre el rastrojo |
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A menudo cuando éramos niños soñábamos con abrir un cofre y dejar resbalar entre nuestros dedos las joyas de un tesoro. Casi la misma sensación que tuvimos al girar la llave y entornar la puerta de la ermita de San Román de Ajugarte en Casalarreina. La verdad es que el cofre no estaba en la mejor de las condiciones, y el tesoro que guardaba está esperando el camión de las mudanzas. La ermita está rodeada de rastrojos por todas partes, con el nivel inicial del terreno que la rodea rebajado en más de un metro por la explotación agrícola; lo que provoca que los posibles restos del entorno hayan sido destruidos para siempre. Varios portones metálicos, entre otros enseres, se apilan en el muro norte de la nave y el ábside, impidiendo su contemplación. Una vez dentro, la primera sensación que te asalta es el deseo de llorar. A lo mejor por el polvo que levantaban nuestras pisadas. Todo el espacio disponible lo ocupaban muebles despiezados, colchones y bienes muebles, como para llenar varios inmuebles. Todo ello sobre un lecho de paja y restos indefinibles, sobre cuya composición no adelantamos ninguna hipótesis. Un maltrecho techo de uralita protege (?) el interior y a los visitantes. No queremos aquí criticar el uso que se le da al edificio (podríamos hacerlo), al fin y al cabo la propiedad privada está reconocida por la Constitución, y cada cual hace con lo suyo lo que quiere (aunque no siempre lo que debe). A quiénes si queremos criticar es a las instituciones que se ocupan, o al menos deberían hacerlo, de nuestro patrimonio y que no mueven un dedo por la recuperación de este edificio y de otros muchos. El Gobierno de la Comunidad Autónoma y su Consejería de Educación y Cultura tendrían algo que decir, y sobre todo alguna medida que tomar, acerca del tema. Esperando estamos. |